jueves, 29 de diciembre de 2011

Posada de La Cal

El tan deseado progreso, que a veces lleva a la ruina a unos pocos, se nos mostró ante los ojos una fría mañana de invierno por tierras de Castilla.
Allí, en la antigua nacional quedaba su desnuda estructura de metal oxidado por los años, anunciando al viajero un lugar de descanso y confort  en medio del estío veraniego.
Atrevida arquitectura para los años que lo vio nacer a aquel complejo hotelero.
Fernández  Ramos, apellidos que servían de alfombra a la entrada del viajero, bajo cubiertas de teja vieja apoyadas en vigas de roída madera, cobijaban los rocíos algunas mañanas.
Números y más números de habitaciones nos rodeaban en sus olvidadas avenidas, donde la hiedra en esta época enmarañaba sus blancas paredes. Sin embargo,  pocas huellas humanas habían paseado por sus silenciosos pasillos después del cierre.
Tampoco nada se había dejado a ojos extraños  para su rapiña. No había cristales, ni puertas, ni pomos, ni tan siquiera una mísera bisagra, solo los restos de foam pegados al suelo hablaban de que un día fueron estancias acolchadas por moqueta de lana.
Paseaba escuchando mis pisadas cuando me paso por la cabeza que pasaría si el lugar fuera descubierto por los aficionados a los juegos de guerra.
Rincones y más rincones, calles, edificios y tejados donde esperar al enemigo con su Aka-42 de plástico. No cabía la menor duda,  aquella batalla de mentira habría valido la pena el precio pagado por dar rienda suelta a nuestros deseos.




















 

viernes, 16 de diciembre de 2011

Castillo de Guadalerzas

Estaba anocheciendo. Ishar estaba observando el declinar del sol en la lejanía de la línea marcada por el horizonte apostado de pie al lado del hueco de la ventana de la torre del castillo de la familia Suleiman Elbeida. 
Le quedaba una única solución. La de arrojarse al vacío. La puerta de la habitación estaba cerrada bajo llave y muy pronto iban a acudir en su búsqueda los integrantes del clan familiar. Estaban dispuestos a clavarle una estaca en el corazón, a meterle dientes de ajos en la boca y a cortarle la cabeza con una hoz. Ishar se alejó de la ventana. Tenía los brazos inmovilizados a la espalda por unos grilletes. Estaba desesperado. Se les había metido en la cabeza que él era el vampiro de la región de La Sagra, una bestia infame que había asesinado ya a más de siete lugareños en las últimas tres semanas.
Todo coincidía en el tiempo de su llegada a la zona. Luego estaban los colmillos que le asomaban en el maxilar superior de la dentadura. Ligeramente afilados por una ocurrencia de juventud cuando se quiso hacer de notar en la universidad de Aman.
Algo que ahora mismo lamentaba haber hecho. Estaba estigmatizado como el vampiro, y no había forma de convencerles de lo contrario. Estaba indignado con la situación creada.
El asesino, que no vampiro, estaría en ese mismo instante vagando libre por la región, siguiendo a su próxima víctima, y él, un simple tratante de ganado estaba condenado a ser eliminado de una forma tan cruel y sin sentido.
De nuevo atisbó a través de la ventana. La altura era de más de veinte metros. No había nada que pudiera amortiguar su caída brutal.
Estaba espantado. Escuchó voces acercándose a la puerta. Eran varios. Los miembros varones de la familia con algunos de sus lacayos.
Estaban sumamente exaltados. Le estaban vilipendiando con sus insultos antes de irrumpir en la estancia. Una llave giró en la cerradura.
La puerta inició su apertura. Ishar miró hacia la entrada.
Vio una hoz. Vio la ristra de ajos. Vio la estaca. Su cuerpo cayó defenestrado desde lo alto de la torre, impactando contra el suelo y perdiendo todo contacto con la vida.
Desde los ventanales de la torre de piedra fueron asomando rostros en pleno alborozo. Aunque no habían sido ellos quienes habían acabado con el sanguinario vampiro, estaban felices.
Ya solo quedaba bajar a por el cadáver, arrancarle la cabeza y quemar el resto de su cuerpo hasta reducirlo a cenizas.
La amenaza del vampiro había concluido.
Mientras, a varios kilómetros de distancia, en una gruta oscura y siniestra una bestia sanguinaria extraía las entrañas de su más reciente víctima.
Su locura no tenía límites. Él sí que era el auténtico vampiro de La Sagra.
Hundió el rostro en la carne humana, deleitándose con el sabor de la sangre.


El castillo cristiano de Guadalerzas se encuentra en el valle de Guadalerzas, a 18 kilómetros de la población de Los Yébenes, al este de la provincia de Toledo.
El castillo se encuentran junto a la carretera N-401, entre las localidades de Los Yébenes y Fuente del Fresno, a unos 18 kilómetros de la primera. Frente a una antigua posada que hay pasada la vía férrea en dirección a la localidad de Fuente el Fresno (provincia de Ciudad Real), surge a la izquierda un camino que va a dar a un cancela, a pocos metros se encuentra la antigua fortaleza, y para poder acercarse hay que cruzar el río Bracea por un puente y seguir el camino empedrado que conduce hasta el castillo-hospital.
Dos castillos, uno árabe y otro cristiano, se sucedieron en el paso o Congosto de Guadalerzas, clave en el camino a la Córdoba musulmana, y tuvieron la misma misión aunque su objetivo fuera de signo contrario.
En el siglo XII, y una vez conquistado el paso y sus defensas por Alfonso VI, la Orden de Calatrava levantó el nuevo castillo con la finalidad de ser usado como hospital. Debió estimarse insegura la vieja fortaleza árabe, por lo que se levantó el castillo actual. En 1178 el castillo ya estaba construido, por lo que se abandonó completamente el castillo musulmán. Cuando la frontera se estableció en Sierra Morena, el castillo comenzó a ser explotado económicamente por la orden. Fue utilizado por las tres órdenes existentes en la zona, la de Calatrava, la del Temple y la de San Juan. Posiblemente se eligió este emplazamiento por localizarse cerca de la zona de combate pero al mismo tiempo protegida de ataques enemigos.
En 1572 Felipe II vendió el castillo al Cardenal Silíceo, que lo convirtió en colegio de doncellas nobles, modificando la estructura en algunos de sus puntos.
Con la desamortización del siglo XIX fue vendido a un particular, que lo acondicionó como vivienda y casa labor.
De los dos castillos, el cristiano es el más moderno, y se encuentra casi completo en su exterior. Está bien conservado, pudiéndose observar numerosos detalles. Posee una gran torre del homenaje rectangular rodeada por murallas con torres cilíndricas en sus ángulos. En la entrada se encuentra la iglesia barroca. Posee numerosas habitaciones, algunas con chimeneas y en el patio existen algunas viviendas.
Este interesante castillo se conservó en buen estado hasta la guerra civil, estando ahora totalmente abandonado, y de seguir así, dentro de algunos años tan solo podremos hablar de restos, como sucede con tantas estructuras del patrimonio histórico nacional.


















 


 

lunes, 12 de diciembre de 2011

Finca El Rincón

Aquí os mostramos algunas instantáneas de la famosa Finca el Rincón propiedad del Marqués de Griñon, lugar conocido por la celebración de eventos (Bodas, comuniones y bautizos); pero claro, esta zona que descubrimos por casualidad sin saber de qué finca se trataba, está escondida a las miradas de los comensales.
La visita fue rápida y fugaz,  por miedo a ser descubiertos en una propiedad privada, toda una pena como se encuentra esta zona de la finca en comparación con el magnífico castillo donde se celebran los citados eventos.
















 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Convento Carmelita Abandonado

Uno de los monumentos más señalados, y, por desgracia, abandonados y en trance de ruina progresiva, que posee la villa de Budia, es el antiguo convento de la Orden de Carmelitas, situado en la parte alta del pueblo, en las eras de Santa Lucía, desde donde se divisa un bello panorama de la localidad y de los montes del entorno.
En el siglo XVI existía una casa donde vivían en comunidad cuatro beatas, según dice la Relación de la Villa enviada a Felipe II en 1580. El convento de altura que se fundó en esta villa es el de la Orden del Carmelo Reformado, en el siglo XVIII. Corta vida tuvo la fundación carmelitana en este pueblo alcarreño, pero siempre muy querida de sus vecinos, quienes procuraron hacer la vida amable a sus religiosos huéspedes. Tuvo su origen en la piedad netamente popular: varios vecinos de Budia habían entregado, en el primer cuarto del siglo XVIII, algunas cantidades para fundar con ellas un convento de la Orden Carmelitana reformada. Así nos lo cuenta don Juan Catalina García López, el que fuera Cronista Provincial a principios de este siglo, en sus Aumentos a las Relaciones Topográficas de Budia, y fray Silverio de Santa Teresa en su Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América. Puestas en renta dichas cantidades, producían al año 13.956 reales de vellón. Por otra parte, donativos o compromisos de otras personas, ascendiendo a 12.000 ducados, llevaron al provincial de la Orden, fray Bernardo de San José, a presentar en 1732 la formal solicitud de levantar en Budia una nueva casa del Carmelo, en la que podrían vivir cómodamente más de 15 religiosos, sin necesidad de acudir a la limosna pública.
Accedió el obispo seguntino, el franciscano fray José García, unos días después, como el año anterior lo había hecho el duque del Infantado, señor del pueblo, y en agosto de 1732 lo hacía el Consejo Real. El 22 de octubre de ese mismo año, ya estaba levantado el cenobio: casa conventual y hospicio anejo, se congregaban en torno a una grandiosa iglesia a la que se trasladó el Santísimo desde la parroquia con mucho boato y popular festejo. Quedaba así instituido el Convento de la Concepción de Nuestra Señora, siendo general de la Orden el padre Antonio de la Asunción. Era la última fundación carmelitana en la provincia de Guadalajara, la que cerraba una interesante serie de Casas santas donde la oración y el acercamiento a Dios fueron siempre las metas más apetecidas.
Tranquila fue la existencia de este convento a todo lo largo del siglo XVIII. A mediados de él, concretamente en 1747, se trasladó desde Madrid la casa de profesos, siendo un prior, nueve religiosos y seis legos conventuales los que la habitaban. Ya finalizando la centuria, en 1796, quiso la Orden carmelitana probar fortuna nuevamente poniendo en este convento de Budia una modesta fábrica para hacer en ella sayales de las religiosas y religiosos. En otras casas y ocasiones se había intentado ya, pero con muy escaso éxito. Se contaba ahora con la tradición probada de las industrias laneras y de buenos paños que habían existido en la alcarreña localidad, y así, en el Capítulo de 1796, se acordó «que para su establecimiento se tomen a censo 50.000 reales, hipotecando todos los bienes de la Provincia, dando plena autoridad al definitorio provincial sobre la disposición y giro de esta fábrica». El experimento comenzó a funcionar, y mal que bien, y renovando frecuentemente de religioso organizador, se llegó como pudo a 1814, en que, después de mucho sufrir en la guerra de la Independencia, el obispo de Sigüenza se propuso comprar la fábrica de tejidos de estos religiosos, poniendo por condición que continuase el hermano Pedro de San Antonio al frente de ella. El Capítulo Provincial accedió a este deseo, pero el obispo no llegó a comprarla finalmente. En 1820 se nombró al padre Julián de San Jerónimo administrador de la fábrica, a quien debían rendir cuentas los dos religiosos que en ella trabajaban. En 1824 se decidió se fabricase solamente sayal pardo o blanco, nunca paño.
Los franceses llegaron a Budia en enero de 1809. Ante las noticias de su inmediata llegada, y los desmanes de brutal salvajismo a que sometían a ciertos sectores de la población, en especial del estado religioso, decidieron los carmelitas de la Concepción de Budia abandonar su convento, dejando únicamente a dos miembros de la comunidad entre sus muros. Llevaban los frailes cálices y custodia, resignándose a perder algunas cosas, como altares, sagrario, copones, etc., que destrozaron los invasores nada más llegar. De vez en cuando aparecía una columna francesa por Budia, y aprovechaban la fábrica del Convento como cuartel. Finalmente, en 1814 volvieron los religiosos. Ignorando seguramente lo poco que le quedaba de vida al convento. Fue su último prior fray Cristóbal del Niño Jesús, pues la Desamortización de Mendizábal dio la puntilla y llevó a la ruina esta fundación religiosa.
En la pág. 482 de su obra Brihuega y su partido, transcribe D. Antonio Pareja Serrada, que también fuera Cronista Provincial de Guadalajara, el Inventario y recogida de los bienes pertenecientes al convento de carmelitas de Budia aparecido en el «Boletín Oficial de la provincia de 1837». Junto a la multitud de enseres para el uso diario y la larga copia de cuadros y estatuas, figura el demostrativo epígrafe siguiente: «Libros de la Biblioteca: Una librería compuesta de siete estantes de pino con más de ochocientos libros viejos de varias obras incompletas y desencuadernadas, que por estar estropeadas y de mal uso con las invasiones de los enemigos, no sirven para otra cosa que para papel viejo». Clara muestra de la ignorancia supina que ha preponderado entre aquellos que tuvieron a su cargo la conservación del patrimonio espiritual español.
El edificio entero, con su huerta, pasó a poder de particulares. Fue concretamente en 1842, poniendo en práctica la Desamortización de Mendizábal, que el Gobierno había decidido dedicar el convento a hospital y escuela de la villa, y la iglesia dejarla para el culto. La Diputación Provincial se opuso, y exigió que todo saliera a subasta. Así fue que en 1847 lo adquirió doña María Isidra Pastor, vecina de Madrid, en la cantidad de 140.000 reales, quedando de todos modos la iglesia para culto y uso de cementerio, como hasta hoy ha permanecido. Una carta autógrafa de Santa Teresa quedó en la parroquia del pueblo y otros objetos e imágenes se llevaron al convento de franciscanos de Pastrana.
El edificio de este convento, especialmente la iglesia, es una obra magnífica de la arquitectura carmelitana española, que tuvo unas características muy propias desde que en el siglo XVII el arquitecto y religioso de la Orden fray Alberto de la Madre de Dios levantara diversos templos con una estructura similar y muy hermosa. Esta iglesia de Budia está construida a imagen y semejanza de las que diseñara el fraile santanderino (que por cierto murió en Pastrana) en San José de Guadalajara, la Encarnación de Lerma, los Reyes de Guadalajara y San Pedro de Pastrana. El cuerpo central de su fachada presenta tres arcos bajos de acceso, hoy cerrados de una verja. El central se escolta de planas pilastras, y se remata con vacía hornacina. Sobre ella aparece un enorme ventanal escoltado de almohadillado, que tenía por misión dar luz al coro, y sobre ella todavía gran remate triangular con bolones. El templo es de tres naves, con gran linterna sobre el crucero, hoy ya hundida. En 1968 se desmontaron las cubiertas de este templo, lo que supuso un verdadero atentado al arte y la monumentalidad de Budia, pues éllo ha propiciado la aceleración del hundimiento de esta joya de la arquitectura barroca castellana. Una asignatura pendiente que tienen quienes cuidan del mantenimiento del patrimonio arquitectónico y monumental de nuestra provincia.