martes, 12 de abril de 2011

Electro Harinera Nava de la Asunción (Segovia-España)

 
Buena suerte pensé en un principio, mas adelante y codicioso de saber...dije:
"Mucho mas deberíamos madrugar, para llegar a los sitios a un hora prudente y poder conversar con los parroquianos de lo que nos interesa".
 
Allí estábamos, bajo un sofocante sol primaveral frente al imponente edificio de la vieja Electro Harinera.
El pueblo yacía dormido después de la ingesta; nadie en las calles, ningún perro ladraba nuestra presencia…algún malpensado dijo: “Ahora sería el momento”.
Que mal sonaron aquellas palabras, pero eso pensábamos en nuestros adentros. Sin embargo, dirige quien dirige y no sería hoy el día de la excepción.
Comienza ese tonto paseo, con cara de turista hawaiano cercando la presa, buscando el rincón, el punto débil de tan magnífica estructura.
Paredes lisas protegidas con cerrajería de la época, tres pisos y cubierta inclinada a dos aguas, todo ello situado a los ojos de curiosos y maleantes.
 
La estampa no podía ser más tentadora y desalentadora, sin embargo aquí solo había comenzado el empeño.
 
Algunos detalles indicaban que quizás antaño hubo una parada de tren; el terreno aplanado, encauzado en un ancho paso, jalonado a ambos lados de resto de ladrillo y cemento, dieron que pensar.
Desde este nuevo ángulo, el éxito de nuestra empresa comenzaba a tomar forma. Con el sol quemando nuestra retina, intentábamos ver esa grieta vulnerable para el comienzo del acoso.
 
Efectivamente la presa ya era nuestra, al menos eso pensamos en un principio.
 
Nuevamente el hierro se aferraba a los viejos muros de rojo ladrillo; a más de cuatro metros de altura, un gran ventanal dejaba intuir los secretos que allí se guardaban.
 
Miradas encontradas se cruzaban en todas direcciones, todos gritaban en silencio aquella expresión: “Nadie lo conseguiría”.
Todavía quedaba una opción…La madre Naturaleza. La peor y más peligrosa de las opciones, pero una vez allí, solo quedaba apostar por el éxito, el fracaso no era una opción.
 
El espinoso abrazo de la planta trepadora nos invitaba lujuriosamente a la locura, solo un instante después el silencio se rompió con un chascarrillo:
“No estamos locos, sabemos lo que queremos, vive la vida…”
















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