martes, 22 de marzo de 2011

Chalet El Espinar (Segovia - España)

Por fin ha comenzado la primavera y eso nos anima a perdernos más allá del Sistema Central, aunque todavía los picos están cubiertos por las últimas nieves invernales.
Nos encontramos en El espinar provincia de Segovia, sin rumbo fijo y absorto en el paisaje. Circulamos despacio entre curvas y más curvas, la carretera serpentea en su descenso del Alto del León.
Comenzamos a ver pequeños chalets de fin de semana desperdigados por las márgenes de la carretera; por su construcción imaginamos que deben de ser de mediados del siglo XX y uno en particular llamó nuestra atención, pero se encontraba en dirección opuesta a nuestra marcha.
Algunos kilómetros tuvimos que recorrer para poder realizar un cambio de sentido en condiciones de no causar un accidente.
El chalet en cuestión parece tener buena pinta al menos exteriormente. La cancela está abierta y la puerta principal también. Abriéndonos paso entre las espinosas zarzas que protegen la entrada, no sin mucho esfuerzo conseguimos acceder a su interior.
Esta todo bastante machacado pero rápidamente encontramos rincones merecedores de algunas instantáneas.
Un cartel con letras en chino o japonés nos llamó la atención; ya en uno de los laterales de la vivienda habíamos visto un cartel de madera con letras asiáticas y debajo un nombre es castellano: "Iglesia San Rafael".
Que podíamos pensar... que estábamos dentro de una iglesia abandonada?, su interior no daba esa impresión y allí no había ningún objeto de rito por muy imaginativos que fuésemos; en fin lo contamos como anécdota de nuestros razonamientos; en ocasiones donde solo contamos con la imaginación para descubrir los orígenes del lugar.
La vivienda consta de los plantas y zona abuhardillada. La planta baja no tiene ningún problema para visitarla, pero la planta superior ya es harina de otro costal.
La escalera de madera está en pésimas condiciones aunque por su aspecto no lo parece. Pisando por las zonas menos deterioradas subíamos con cuidado y así todo la desgracia hizo acto de presencia.
De repente dos o tres peldaños desaparecieron bajo nuestros pies, el batacazo fue monumental e inesperado naturalmente."Julia yacía boca arriba, entre maderas y escombros".
Por suerte todo quedó en unos arañazos y un buen susto para ella. Esto nos debe hacer recapacitar en que esta actividad de la exploración urbana no está exenta de riesgos, unas veces calculados y otras como en esta ocasión, fruto de la casualidad o mejor dicho, de la temeridad.

















lunes, 21 de marzo de 2011

Finca Dehesa del Rey (Madrid - España)


Camino de Aranjuez y frente a la rivera del rio a la falda de la montaña encontramos esta hacienda deshabitada. 
La única información que pudimos obtener, es que su propietario es un afamado matador de toros.
Las instalaciones adyacentes de la casa principal son bastante grandes. A la vivienda accedemos por un amplio patio empedrado, una vez dentro el desorden es la nota característica, infinidad de objetos desperdigados por el suelo alfombran los suelos de baldosa hidráulica vistosamente decorados.
A tenor de los muebles que allí quedan como al tipo de sanitarios utilizados no pensamos que este abandono tenga muchos años.
En general todo lo encontramos en una buenas condiciones para encontrar ese ángulo fotográfico que todos buscamos.
El difícil y complicado acceso a la finca la mantiene de momento libre de vándalos y odiosos grafiteros.












 



Guijasalbas (Segovia - España)

En la N-110 con dirección a Ávila y a 23 km. de Segovia, se encuentra Gujasalbas, un caserío perteneciente al ayuntamiento de Valdeprados y situado a 6 km. al oeste de dicha población. Hoy es un lugar despoblado, pero cuando uno llega allí se siente transportado a otros tiempos y otra vida; y es que este lugar evoca un pasado de campos y ganado, de pastos y pastores, de señores y pecheros...  
Un lugar donde parece haberse parado el tiempo y donde se puede sentir aún el latido de las gentes que habitaron sus casas, rezaron en su iglesia y trabajaron sus campos. Siglo a siglo y censo a censo, se ha mantenido la constante ocupación agrícola y ganadera de sus habitantes, en un entorno de singular belleza donde tiene su espacio la encina y por donde discurre el cauce del río Moros, sobre el que permanece el puente, impasible al pulso del tiempo. Un río que entre Valdeprados y Guijasalbas forma un espectacular cañón de paredes verticales conocido como “La Risca”, donde anidan numerosas aves rapaces.
Ya en el s.XI, con la organización del territorio segoviano en comunidades de Villa y Tierra, Guijasalbas queda encuadrado dentro de la Tierra de Segovia, perteneciendo al Sexmo de San Martín y dentro de él a la cuadrilla de Otero. Es mencionado por primera vez con el nombre de Eclessiae Albae en 1247, en un documento de reparto de rentas de la catedral, entre el obispo y el cabildo. La cercanía de estos territorios a la ciudad de Segovia y la fertilidad de su tierra hacen que se conviertan en una posesión apetecible para las altas clases que en el s.XV se disputaban el poder en Segovia.
En 1450 Enrique IV firma una concesión de tierras y derechos a favor de Diego Arias Dávila en un intento de señorialización del territorio, el primero de dominio fiscal que se hace en la Tierra de Segovia. Así, en el documento de creación de mayorazgo que realizan dicho Diego Arias Dávila, señor de Puñonrostro, y su esposa en 1462, aparece con el nombre de Iglesias Alvas. En la Carta de Trato y Conveniencia con los lugares de su propiedad, a éste le corresponde el pago “de medio pechero en diez y seis monedas, en ciento veintiocho maravedíes y si fuese más o menos a su respecto en moneda forera; por las alcabalas cincuenta maravedíes”. A finales del s. XV, Juan Arias Dávila, cuarto señor de Puñonrostro, es elevado a la categoría de Conde, ejerciendo medidas de presión fiscal sobre los vecinos, arrendatarios tanto de sus casas como de las tierras que trabajan; de hecho en 1642 se hace referencia sobre testimonio de arriendos y posesiones en el lugar, apareciendo el Conde de Puñonrostro como arrendador del término (que aparece desde 1591 como Grijas Albas), casas y pastos a los vecinos por quinientas cincuenta fanegas por mitad trigo y cebada cada año; además tiene arrendado un molino con morada por noventa fanegas, mitad de trigo y cebada. En el s. XVIII, y según el catastro de Ensenada, había un pajar, un corral para herrar ganado, diferentes casas, divididas por su localización entre el barrio de arriba y el de abajo, un monte chaparral, un molino con dos ruedas, eras, prados y tierras, todo propiedad del Conde. 
A finales de ese siglo y según el censo de Floridablanca, Guijas Albas era lugar con alcalde pedáneo, y jurisdiccionalmente un realengo. Tenía ochenta y dos habitantes; y el desglose por oficios era un cura, quince labradores, doce criados y uno de fuero militar. El diccionario geográfico de Madoz (1850) es la última base de datos importante, y en él aparece ya como Guijasalbas, con ayuntamiento propio, donde se cultivan 1.500 obradas y hay 40 prados de secano, produciendo cereales, algarrobas y garbanzos; cría abundante caza y el río es rico en pesca; hay una fábrica de teja y ladrillo y un molino harinero con dos piedras. Su población es de seis vecinos, veintinueve almas.
A partir de 1857, en que se incorpora al municipio de Valdeprados, al cual sigue anejado en la actualidad como barrio, ya no aparecen datos censales ni de otro tipo documentados sobre Guijasalbas. Sin embargo sabemos, que el último Conde de Puñonrostro vendió el caserío y su término a un íntimo amigo también artillero, Francisco de la Piñeda y Díaz, de quien lo hereda su hija Blanca de la Piñeda Bayón. Ésta se casa con Alfonso Velarde Arriete (Conde de Velarde), y finalmente lo hereda de una tía un hijo de éstos, Alfonso Velarde de la Piñeda, actual Conde de Velarde. Éste último, en vida, ha donado Guijasalbas a sus cinco hijos, los actuales propietarios. 
El actual conde, ante la situación en que se encontraba la Iglesia de San Martín que está dentro del caserío, quiso arreglarla, pero no obtuvo el permiso del Obispado, que hace poco tiempo vendió sus tejas, acelerando aún más su actual estado ruinoso. También desde hace seis años, la parte norte del término es propiedad de otro particular, donde mantiene un coto de caza además de dependencias familiares.
Muy poco sabemos de la vida en el caserío durante todo ese tiempo, tan sólo a través del recuerdo de personas que lo vivieron como Félix Otero, vecino de Valdeprados y secretario durante muchos años de su ayuntamiento. Nos cuenta que los vecinos de Guijasalbas seguían siendo arrendatarios, pero eso sí, acomodados y que vivían desahogadamente, prueba de ello es que tenían incluso varios criados. Recuerda las visitas al molino con su padre, cómo iban allí “a la función”, y que a la casona solariega donde la familia Velarde pasaba temporadas, la llamaban “El Hotel del Señorito”, y tantos y tantos recuerdos... Hacia 1954 la situación del caserío cambia, cuando se prescinde del servicio de los arrendatarios y éstos abandonan el lugar. Desde entonces, tan sólo han vivido allí los pastores y trabajadores que la familia Velarde tenía a su servicio, despoblándose finalmente hace unos diez años; hasta hoy, en que Manolo, que fue durante un tiempo el único habitante, ya no vive allí aunque sigue cuidando las vacas que pastan por el caserío, habituales testigos de tanta soledad. La casona, seria y sola, las casas vacías, la iglesia en ruinas, el molino casi derruido, y el pequeño cementerio como último rincón de una vida acabada... Pero a pesar de todo, Guijasalbas sigue encerrando un pequeño trozo de nuestra historia.