jueves, 29 de diciembre de 2011

Posada de La Cal

El tan deseado progreso, que a veces lleva a la ruina a unos pocos, se nos mostró ante los ojos una fría mañana de invierno por tierras de Castilla.
Allí, en la antigua nacional quedaba su desnuda estructura de metal oxidado por los años, anunciando al viajero un lugar de descanso y confort  en medio del estío veraniego.
Atrevida arquitectura para los años que lo vio nacer a aquel complejo hotelero.
Fernández  Ramos, apellidos que servían de alfombra a la entrada del viajero, bajo cubiertas de teja vieja apoyadas en vigas de roída madera, cobijaban los rocíos algunas mañanas.
Números y más números de habitaciones nos rodeaban en sus olvidadas avenidas, donde la hiedra en esta época enmarañaba sus blancas paredes. Sin embargo,  pocas huellas humanas habían paseado por sus silenciosos pasillos después del cierre.
Tampoco nada se había dejado a ojos extraños  para su rapiña. No había cristales, ni puertas, ni pomos, ni tan siquiera una mísera bisagra, solo los restos de foam pegados al suelo hablaban de que un día fueron estancias acolchadas por moqueta de lana.
Paseaba escuchando mis pisadas cuando me paso por la cabeza que pasaría si el lugar fuera descubierto por los aficionados a los juegos de guerra.
Rincones y más rincones, calles, edificios y tejados donde esperar al enemigo con su Aka-42 de plástico. No cabía la menor duda,  aquella batalla de mentira habría valido la pena el precio pagado por dar rienda suelta a nuestros deseos.