lunes, 17 de diciembre de 2012

Estacion abandonada de ffcc Tembleque (Toledo- España)

La red toledana es producto de la estructura radial con origen en Madrid, por lo que sus líneas cruzan la provincia desde el norte en dirección al sur de la Península.
Curiosamente, la capital, Toledo, única estación término de viajeros de la región, no es el núcleo de esta red.
Su formación se inició a partir de la línea Madrid-Aranjuez con su prolongación a Almansa, lo que hizo de Tembleque la primera estación regional (1853); y continuó con la línea Castillejo-Toledo (1858).
La variedad de tipologías y materiales distingue a las estaciones toledanas. Y es que, al contrario que en otros lugares, MZA no monopolizó aquí la construcción de líneas, ejecutada por compañías diversas luego absorbidas.
Un vistazo a las estaciones en servicio confirma esta tendencia y demuestra que nada tienen en común los edificios de la línea a Valencia vía Alcázar con los de la línea a Extremadura o incluso con la gran estación de Toledo.
Las primeras, con Tembleque, Huerta de Valdecarábanos o Quero como exponentes de estaciones de segunda generación, son caserones rectangulares de dos pisos y tejado a dos aguas, muy homogéneos, a base de piedra tallada.
En nuestro paseo tuvimos la oportunidad de ver las bateadoras Mak 1700 y una bodega abandonada junto a la citada estación, pero eso ya será otra historia.




















domingo, 16 de diciembre de 2012

El Internado

 
Camino de Portugal en una de nuestras salidas de fin de semana tuvimos la suerte y ocasión de tropezarnos con este singular abandono de dimensiones más que sobresalientes.
Un magnífico edificio construido a primeros del siglo pasado (1920-1930), consta de cuatro alturas, buhardillas y sótano, sobre una base en forma de U de más de 4.000 metros cuadrados de superficie.
Lamentablemente se encuentra en un avanzado estado de vandalizacion, sus paredes garafateadas hasta la extenuación no pueden ocultar su belleza.
Muy poca información hemos recopilado de momento sobre este lugar, que aun estando a la vista de todos no facilitaremos su localización, aunque por desgracia si circula por internet su situación y una historia que ahora os contare.

Una fría tarde otoñal mis padres con lágrimas en los ojos me dejaron besándome las mejillas ante la puerta de aquel monstruoso edificio.
La puerta se abrió chirriando y un cura encorvado vestido de negro  me invito a pasar gentilmente.
Dos grandes galerías se habrían a derecha e izquierda hasta casi donde no llegaba mi mirada, sin abrir la boca me insinuó que le siguiera.

Todas las ventanas daban a un patio interior desde las que se podía ver un magnifico jardín y sus grandes árboles.
Después de subir un sinfín de escaleras el cura me indico la habitación que durante los próximos años seria mi hogar.
Dándome su bendición cerró la puerta tras de sí, dejándome en compañía de mis pensamientos y temores.
Aquella misma noche tuve la ocasión de conocer a mis compañeros de internado; la mayoría por no decir todos, eran niños provincianos de familias acomodadas, que sus padres llevaron allí  para cursar sus estudios.
Los días pasaban con angustiosa monotonía. Gimnasia todas las mañanas en aquel patio rodeado de grandes muros e infinitas ventanas, misa todos los días sentados en los bancos corridos de madera escuchando siempre las mismas canciones que los niños del coro nos ofrecían entre epístolas, evangelios y sermones.Un rato de recreo antes de la hora del estudio antes de la cena, así un día tras otro, con la ilusión de recibir alguna carta de nuestros seres queridos, pero hacía tiempo que mi nombre no sonaba en el comedor.
No paso mucho tiempo en que hiciera un grupo de buenos amigos, la mayoría llevaban uno o dos cursos en aquella Institución y pronto me hicieron participe de sus secretos, sobre todo de uno que marcaria mi vida.
Una noche escuche pasos por los pasillos y me pareció también escuchar unos sollozos, tentado estuve de abrir la puerta y mirar, pero el miedo se apodero de mi. Me dormí pensando quien seria y donde irían.Al día siguiente en la hora del estudio lo comente en voz baja a uno de mis compañeros, este me mando callar enérgicamente, en ese instante no comprendí su actitud pero no pasarían muchos días para saber el porqué.
Siempre me pregunte como serian las dependencias del ala izquierda del edificio, sus puertas siempre permanecían cerradas.Como todos los niños cuando los curas no nos vigilaban jugábamos por aquellos interminables y lúgubres pasillos, esperando una oportunidad para bajar a los sótanos donde se encontraban las cocinas y robar alguna golosina que bien podían ser unas galletas María.
En una de esas ocasiones alguien saco un llave y nos la mostro con mucho misterio, diciendo: Tengo la llave con la que podremos entrar en la zona prohibida del internado.
Todos quedamos callados y con miedo de ser descubiertos; si así fuera el castigo podría llegar incluso a la expulsión del Centro.
Al día siguiente a la hora del recreo nos sentamos alrededor  de la fuente que se encontraba en medio del patio, como solía ser nuestra costumbre.
El tema de la llave presidio la conversación aquella mañana; habíamos planeado entrar después de la oración y del toque para dormir a la zona prohibida del internado.
Aquella misma noche esperamos a que se apagaran las luces y todos estuvieran dormidos; con sigilo y en fila india todos seguíamos a quien había conseguido la llave, solo llevábamos una tosca linterna construida con una pila de petaca y una bombilla dentro de una cajita de cartón.
Nuevamente aquellos pasos por las frías baldosas enceradas y una tenue luz iluminaba cálidamente el tramo de escaleras donde nos encontrábamos, como una exhalación corrimos a escondernos en uno de los baños que se encontraban cerca de la misma.Apiñados junto a la taza del wáter solo se oía el fuerte latir de nuestros corazones, por fin bajo el sonido de un sordo portazo decidimos salir de nuestro escondite.
El cura había desaparecido detrás de aquella puerta, justamente la puerta de la que teníamos la llave.
El saco la llave de su bolsillo y sin preguntar giro la misma hasta que cedió no sin hacer crujir sus viejos engranajes. Habíamos entrado. La total oscuridad dejaba ver una tenue rendija de luz que salía de una de sus habitaciones, con sigilo sepulcral allí nos dirigimos.
Tras la puerta pudimos ver un niño desnudo con los brazos en cruz y un pesado libro en cada una de las palmas de sus manos. Uno de los curas desnudo de medio torso agitaba su mano debajo de la sotana, mientras el otro le golpeaba con su cinturón la espalda, entre susurros y lamentos.
Nunca más volvimos a recorrer aquellos pasillos prohibidos y nunca nadie olvidaría las cosas que pasaban en el Internado.
El edificio fue cerrado definitivamente en los años 70 por problemas económicos hasta nuestros días, pero todavía en las noches claras y frías se escuchan aquellos lamentos.