domingo, 1 de marzo de 2015

El Monasterio


La Orden convirtió el castillo de Uclés en su casa madre (Caput Ordinis, Cabeza de la Orden), conformando un formidable complejo de edificaciones, parte de las cuales aún se conservan en la actualidad, destacando, de norte a sur, las torres del Pontido y el Palomar, aún de la fortaleza árabe, y unida a ellas por un imponente lienzo de muralla, la más moderna torre Albarrana (ss. XIII-XIV) en el extremo meridional.
 
Con el fin de la reconquista en el siglo XV el maestrazgo de la Orden pasa a la Corona de Castilla y la Orden de Santiago pierde en gran medida su función militar. Por este motivo  bajo el reinado de Carlos I, el 7 de mayo de 1529, el Prior D. Pedro García de Almaguer inicia una reforma radical que convertirá la fortaleza medieval en el actual edificio. Una inscripción en el ábside de la iglesia del monasterio recuerda dicha fecha.
 
La duración de esta reforma o más bien nueva construcción, más de dos siglos, dará lugar a una acertada combinación de estilos arquitectónicos.
 
El interior del monasterio se articula en torno a un claustro del siglo XVII cerrado por treinta y seis arcos, con el bello brocal barroco del aljibe en el centro. Alrededor de este claustro las dependencias más notables son el refectorio (s. XVI), con un majestuoso artesonado renacentista, la sacristía plateresca atribuida a Andrés de Vandelvira, (actualmente utilizada como capilla), y la escalera regia, de estilo barroco. Además, por supuesto, de la soberbia iglesia herreriana, obra de Francisco de Mora, terminada en 1598, cuyo chapitel se destaca en lontananza, coronado por la característica figura de su veleta: un gallo de más dos metros que aún hoy sigue girando al compás de los vientos.
 
Aunque son las tres torres herrerianas lo que más poderosamente nos llama la atención al acercarnos a Uclés, el exterior del edificio que hoy podemos admirar y visitar destaca también por la variedad de sus fachadas: la fachada este, de estilo plateresco, de traza diseñada posiblemente por Enrique Egas, las fachadas herrerianas del norte y oeste, correspondientes a la iglesia mayor, y la fachada principal, finalizada en 1735 por Pedro de Ribera en estilo churrigueresco, reinando ya Felipe V.
Apenas un siglo pudieron habitar los caballeros santiaguistas su monasterio después de terminado. Y no pacíficamente, pues sufrió en 1808 la invasión de las tropas napoleónicas durante la Guerra de Independencia, causando daños irreparables, en especial durante la tristemente famosa Batalla de Uclés.
 
En 1836, con la desamortización de Mendizábal, la Orden de Santiago abandona forzosamente el edificio. En 1874 éste pasa a ser propiedad del Obispado de Cuenca, que establece en él una sección del Seminario Conciliar de Cuenca. Entre los siglos XIX y XX, el monasterio pasaría por los más diversos usos y vicisitudes: convento de los Jesuitas que habían sido expulsados de Francia, colegio de segunda enseñanza, noviciado de los Agustinos...
 
Al estallar la Guerra Civil Española en 1936, el monasterio queda en zona republicana y el ejército lo convierte en hospital, destrozando lo poco que quedaba de su primitivo esplendor tras el saqueo que ya había sufrido por parte de los franceses en 1808. Varios de los frailes agustinos que residían en el monasterio padecieron además el martirio durante la contienda. A ellos se sumó, junto con otros vecinos, el párroco de Uclés, D. Vicente Toledano, el cual fue beatificado junto con cuatro frailes agustinos el 28 de octubre de 2007. Sus reliquias son veneradas en la iglesia parroquial de Uclés.
 
Tras la Guerra Civil el deteriorado edificio es ocupado por el bando nacional y utilizado como cárcel por el gobierno. No obstante, la Diócesis de Cuenca reclama su propiedad al estado, el cual además de reconocerla sufraga toda la rehabilitación por medio del servicio de “Regiones Devastadas”. La intención de D. Inocencio Rodríguez Díez, por entonces Obispo de Cuenca, era utilizar el monasterio de Uclés para levantar en él un proyecto que le ilusiona especialmente: un seminario menor diocesano en el que los niños y jóvenes más capacitados para la vocación sacerdotal puedan formarse adecuadamente, descongestionando el por entonces abarrotado seminario de Cuenca.
 
Cumpliendo este sueño del Obispo, en 1949 se inaugura el Seminario Menor Santiago Apóstol. Durante sesenta y tres años sus nueve rectores y decenas de formadores se hicieron cargo de poner en esta casa los cimientos de las nuevas vocaciones sacerdotales.
 
 
















































 
 


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